|
![]() |
| Cursos y Masters |
El sueño del Piria
nota publicada por Ricardo Larzábal
en el Semanario "río santiago"
enero de 2003
Tarde de llovizna en Punta Lara.
A poco de andar por la avenida Almirante Brown divisé el palacio Piria. Me detuve frente a la entrada del viejo y querido alcázar (aclaro: mal querido o ignorado por algunos, querido para otros, quienes no tenemos ni medios ni posibilidades de hacer algo por nuestro amado y derruido edificio) a contemplar y soñar con aquello que quiso y no pudo ser, o con aquello que sí puede ser y no se le permite.
¿Por qué? Es la misma pregunta que se hacía don Francisco Piria, el famoso arquitecto oriental, quien, octogenario ya en la década del 30, como último sueño de su vida quería convertir al balneario de Punta Lara en el rey de las dos orillas. Sí, convertirlo en el "Rey del Plata".
Compró miles de hectáreas de tierra, proyectó arbolados caminos que, desde distintos puntos, convergiesen en nuestra playa, llegando a donar terrenos para la construcción de una estación de ferrocarril, desde donde llegarían miles de turistas a disfrutar de nuestra ribera.
El palacio, reformado por don Francisco, iba a coronar su proyecto.
Inútiles fueron los esfuerzos de nuestro amigo uruguayo para convencer a las autoridades nacionales y provinciales de la realización de esta obra, para transformar este diamante en bruto en la gema más preciosa del Río de la Plata. Demasiado era el brillo que iba a irradiar su joya, que podría opacar, sin quererlo, a otras alhajas.
Las interminables trabas burocráticas, con el consiguiente impedimento, fueron la puñalada por la espalda con la que se decidió tras escritorios darle muerte a los sueños del caballero oriental quien, vencido después de tanta lucha desigual, decidió regresar, para morir junto con sus sueños, a su Montevideo natal.
Queda el palacio... Solo, mirando hacia el río, esperando la vuelta de su bienhechor, soñando con un bello futuro que mitigue su soledad, para la cual no había sido creado.
Pasaron los años y el palacio fue donado por los descendientes de don Francisco al gobierno de la provincia, para instalar allí la residencia del gobernador, pero fue despreciado una vez más (¡Cómo un gobernador iba a residir en Punta Lara!).
El edificio albergó, entre otras instituciones, al club de los abuelos, lo que le devolvió su alegría, aunque sea en forma pasajera, pero lo que no esperaba el Piria era ser degradado a... instituto de menores. ¡El pobre palacio quería cobijar, nunca encerrar a nadie y menos a chicos que por dolorosas circunstancias de la vida terminan en estos lugares! Dicen que la acústica de la mansión traía a los muchachos melodías de lejanos rincones, como queriendo el Piria hacerles un regalo para poder sobrellevar su soledad.
Finalmente, habiendo cumplido como pudo con todas las tareas encomendadas, fue premiado por las autoridades. ¿Y cuál fue el premio? Como no podía ser de otra forma, el mismo que recibió don Francisco: el Piria fue abandonado. Condenado a muerte, a desangrarse lentamente por la herida recibida, esperando la estocada final del tiempo, de pie, como un caballero, haciendo honor a su padre, él no podía esperar otro destino.
La tormenta comenzó a arreciar y no me quedó otra opción que refugiarme dentro de la abandonada mansión.
Al entrar, no pude evitar retrotraerme e imaginarme el tiempo en el cual todavía podía ser factible el futuro de esplendor destinado no solamente al palacio sino también a toda la zona.
Miré a mi alrededor y me pareció mentira ver la desidia ensañada contra el bello inmueble. Una cosa son las catástrofes que pueden ocurrir sobre cualquier edificación: incendios, inundaciones, hasta una guerra que podía haberla destruido. Finalmente nosotros aceptaríamos con resignación estos destinos, donde no nos es posible modificar por lo imprevisible el triste acontecimiento acaecido. Pero no, tenían que ser la ignorancia y la indolencia, brutal cuchillo sin filo, manejado por generaciones de funcionarios, burócratas de turno, cancerberos del infierno de la inacción, donde pareciera que su mundo finaliza donde termina su temporal madriguera, es decir, tras su despacho.
Repuesto de mi ofuscación, comencé a imaginarme cuál hubiese sido el destino del Piria de no haberse tronchado el proyecto de don Francisco.
Pensando en voz alta, cual es mi costumbre (mi mala costumbre, si se quiere), reflexionaba:
¿Así que iban a poner un casino aquí?
Un trozo de mampostería proveniente del techo fue la respuesta del palacio a mi impertinente pregunta. Pasado el susto, continué con mi "aparente diálogo":
¿Cómo te habrás sentido cuando albergaste a los abuelos y a los chicos del instituto?
En ese momento, la tormenta autorizó a un rayito de sol a entrar por una de las ventanas, y una lejana melodía (creo que era "Romance de barrio") hacía eco en el salón, como asintiendo con sus antiguas funciones.
¿Qué te hubiera gustado ser? Ya sé. Una mansión de un millonario o un club selecto para gente selecta.
No le gustó el chiste. Una fuerte ráfaga golpeó los ventanales con tanta fuerza que parecía que el mundo se iba a venir abajo. A esta altura ya era consciente de que el diálogo con el palacio había perdido su apariencia, y que éste, de alguna forma, trataba de contestarme.
Lo siento, disculpame, no pretendí ofenderte.
Los golpes cesaron... disculpa aceptada.
¿Nadie se preguntó cuál podía ser tu mejor función?... Creo que no.
El silencio cubría la escena; una pequeña gotera hizo blanco justo sobre mi cabeza. Una de esas gotas se posó en mis labio e instintivamente la saboreé.
Agua salada... Del mar... o de las lágrimas. Mar, en Ensenada, no hay.
El Piria, lloraba...
Como un trasto viejo fue abandonado a su suerte, despojado de lo poco que poseía, esperando su amargo final. ¡Cómo no iba a llorar!
¿Quién pudiera saber qué te hubiera gustado ser?
Un poco cansado, me senté a reponer fuerzas en uno de los peldaños de la escalera interna, encendí mi radio, comencé a buscar en el dial y me detuve en Radiodifusión SODRE (emisora de Montevideo que transmite las 24 horas música clásica); en ese momento estaban pasando el "Concierto Nº 1 - para piano y orquesta", de Chopin.
¿Te gusta? ¡Desde Montevideo! La ciudad de don Francisco.
La música jugaba con la acústica del lugar.
¡Un conservatorio! Ensenada no tiene uno. ¿Te gustaría?
La melodía parecía que se sentía mucho más fuerte.
En ese momento, por cansancio o distracción, la radio cayó de mis manos e impactó contra el piso, abriéndose y rodando las pilas de la misma por la sala. Me quedé sin radio... ¡pero la música seguía! ¡Y más fuerte!... La piel se me erizó...
Me incorporé y traté de terminar con esta alucinación que ya comenzaba a asustarme.
Estoy cansado. Ya jugué demasiado con mi imaginación...
Pero Chopin seguía... ¡sin mi radio!...
En ese instante recordé que hay ciertos edificios que pueden captar y reproducir, debido a la forma y/o composición de su estructura, el sonido de alguna radioemisora. Esto me tranquilizó.
Terminada la sinfonía, escuché nada más que el susurro de las hojas de los árboles jugando con el viento...
¡Así que te gusta la música! ¿Y qué más te gustaría ser?
No terminaba de hacer la pregunta cuando una fuerte correntada de aire se hizo dueña del lugar; papeles, hojas y cuanta cosa que pudiese remontar vuelo, lo hacían dentro del recinto. En un instante, el ventarrón barrió con toda la basura del hall y, así como vino, se fue. Todo vestigio de basura desapareció. ¿Cuánta gente hubiese hecho falta para limpiar el salón? No lo sé, pero el viento se encargó de hacer en un instante el trabajo. ¡Ni un papel quedó! Perdón, corrijo, a excepción de dos hojas de revista que quedaron enganchadas en mis zapatos, todo vestigio de mugre había desaparecido.
Procedí a terminar de limpiar lo que el viento había comenzado, y cuando tomé las dos hojas noté, para mi renovada sorpresa, que una de ellas tenía una gran fotografía de uno de los cuadros de Quinquela Martín inspirados en el puerto de Buenos Aires. ¿Y la otra hoja? Fotos no tenía. Comencé a leer por mera curiosidad y descubrí en la misma un poema: "Romance de la luna", de García Lorca.
Un cuadro... un poema... Pintores... escritores... ¡Escuela de Arte!
No terminé de decirlo cuando todos los ventanales se abrieron de golpe y la luz de un atardecer sin tiempo entró al palacio junto con "La Primavera" de Vivaldi.
Sí. ¡Escuela de Arte! Era el sueño atesorado por tantos años; como una criatura con sus juguetes, jugó todo lo que había atesorado para mostrármelo: pintura, música, poemas. Alguien tenía que escucharlo y me tocó en suerte el hacerlo.
Luego de que todo terminó, como agradecimiento a su regalo recité el poema, y puse ambas hojas, poema y cuadro, bajo una piedra. Junto a ésta coloqué mi radio, ya con pilas, encendida. En ese instante se escuchaba "Meditación" de Massenet. Finalmente, procedí a despedirme de mi amigo:
¡No aflojes! No todos son burócratas y no son pocos los que aman el arte. Don Francisco nos va a ayudar.
Un aroma de flores silvestres invadió todo el Piria como preparándose para su renovación.
Bajé la escalinata y comencé a caminar. Al llegar a la entrada cerca de la avenida, no pude evitar volver la mirada al edificio y traté una más de despertar de ese sueño.
Cuando empecé a alejarme, el viento trajo hasta mí un papel. Cuando lo tomé, vi que era el poema de García Lorca.
¡No me olvido! ¡Volveremos!
Uno de los ventanales se abrió y cerró, como guiñándome un ojo.
***************
Si alguna vez pasa por el Piria, recítele algún poema, pegue en una de sus paredes algún dibujo hecho por usted; si no, una hoja de revista con la imagen de una escultura o cuadro. Si usted ejecuta un instrumento o le gusta cantar, hágalo. Al chico le encanta la música.
Y si encuentra una pequeña radio en el salón, favor de cambiarle las pilas y dejarla encendida, preferentemente en Radiodifusión SODRE de Montevideo, o, en su defecto, cualquier estación con música.
El palacio se lo agradecerá... y don Francisco también...
***************
R. L.
|
regreso al índice principal del sitio > click |
|
|
¿Querés montar tu propia actividad publicitaria?
Olga y Daniel te ofrecen la posibilidad de ser un revendedor de espacios publicitarios en su sitio en Internet. ¡Informate ya mismo!
Ingresá a la página "Revendedores" de EL MUNDO DE OLGA Y DANIEL directamente en www.iespana.es/olydan/revendedores.htm o en www.olgaydaniel.cjb.net y en la página principal buscá este anuncio.
INVITACIÓN VÁLIDA PARA CUALQUIER LUGAR DEL MUNDO |