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Bienvenidos a La cuevita de los cuentos
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| Papis: ¿Leen cuentos a sus niños por las noches? Ellos nunca lo olvidarán. | ||||
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Si desea colaborar con el mantenimiento de mis cuevitas, escríbame. |
¡Hola! ¡Te estaba esperando! ¿Ya viste las novedades que el Ratón Pérez trajo para ti? |
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El Ratón Pérez |
Para
que te visite y te lo cambie por algún regalito, ¿dónde debes dejar el
dientecito que se te ha caído?
Te doy una pista:
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Aquí los socios del Club
pueden enviar dibujos, cuentos, fotografías, etc. Los estamos esperando... |
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¿Me quieres escribir? Hazlo a mi cuevita: lascuevitasdelratonperez@yahoo.com
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Renata me envió un dibujo que me representa en toda mi hermosura. (click en el dibujo para verlo más grande)
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ventanitas abiertas al mundo.
Si te haces su amigo, nunca sabrás qué es la soledad. |
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La leche y sus derivados te ayudan a mantener tus dientes sanos. |
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Había
una vez 3 osos que
vivían en el bosque: Papá oso,
Mamá osa y el
pequeño osito.
Un día Ricitos de Oro se perdió en el bosque y descubrió la casa donde vivían los 3 osos. Como los osos no estaban, Ricitos de Oro entró a la casa. Ricitos de Oro probó la sopa del plato grande. -¡Ay! -gritó-. Esta sopa está muy caliente. Ricitos de Oro probó la sopa del plato mediano. -¡Brrr! Esta sopa está helada. Ricitos de Oro probó la sopa del plato pequeño. -¡Mmm! Esta sopa está deliciosa. Y se la comió toda.
Después de comer,
Ricitos de Oro quiso
dormir un poco. Entonces se acostó en la cama mediana y dijo: -¡Está muy blanda! Por último, se acostó en la cama pequeña. Era tan cómoda que se quedó dormida. Los osos regresaron a su casa.
Papá
oso dijo: -¡Alguien
ha probado mi sopa!
Los 3
osos, tristes y hambrientos, decidieron irse a
la cama.
Ricitos de Oro despertó.
Fin. |
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Cuentos para ti en
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recontado libremente para ti por Daniel
Una vez en España hubo un rey niño llamado "Buby Primero". Era gran amigo de los niños pobres y protegía mucho a los ratones.
Como suele ocurrir a todos los niños, al rey Buby se le cayó uno de sus dientes. Esa misma noche lo colocó debajo de la almohada, como hacen todos los niños, y esperó impaciente la llegada del ratoncito.
Para que el sueño no lo venciera, a cada rato abría mucho los ojos pero se le volvían a cerrar por el cansancio. Finalmente se quedó dormido. De pronto un suave roce en su frente lo despertó. Se incorporó en la cama y pudo ver delante suyo, de pie sobre la almohada, un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja cruzada a su espalda.
- "¡Hola! Yo soy el Ratón Pérez. ¿Cuál es tu nombre?"
- "Me llamo Buby Primero y soy el rey de España".
Luego de estas presentaciones, y de varios intentos de Buby tratando de tomar al ratón por la cola, se pusieron de acuerdo en que el niño rey acompañara al roedor más famoso del mundo a realizar su misión: recorrer las casas de todos los niños que habían puesto su dientecito debajo de la almohada. Para poder hacerlo, el rey Buby debió ser transformado. El Ratón Pérez le saltó sobre el hombro y le metió por la nariz la punta de su rabo. Eso hizo estornudar al niño quien quedó convertido de pronto en el ratón más lindo y primoroso que las imaginaciones de las hadas pudieran soñar. Quedó brillante como el oro y suave como la seda, y sus ojos se pusieron verdes como dos maravillosas esmeraldas.
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El autor del cuento del Ratoncito Pérez es el padre Luis Coloma.
La reina Cristina le pidió que escribiera en 1894 |
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Salieron por un agujero que había debajo de la cama.
El camino era muy oscuro y húmedo, y a cada
paso se cruzaban con bandadas de alimañas que los pinchaban y los mordían.
Pero finalmente llegaron a un amplio patio que desembocaba en un sótano
ancho y muy bien embaldosado. El ambiente estaba tibio y perfumado con aroma
a queso, manjar del que había una pila enorme, y el rey, ahora transformado
en ratón, notó que también había una caja inmensa de galletas.
Allí vivía el Ratón Pérez con su familia: su mujer y muchos, muchos hijitos. Comieron algo de queso y unas galletas. A Buby nunca le habían sabido tan exquisitos esos alimentos que habitualmente descartaba, pues prefería otros más acordes con su nivel de rey. Luego se despidieron de la señora Pérez y de unos cuantos de sus hijos, porque saludar a todos ellos los hubiese demorado en el trabajo que debían realizar.
Salieron por un agujero y retornaron al camino difícil.
La visita a la siguiente casa no fue sencilla. Se trataba del lugar en el que residía un niño muy pobre, quien también había colocado esa noche uno de sus dientes de leche debajo de la almohada. Pero no era dueño de esa mansión, sino que ocupaba una piecita muy pobre junto a su madre, la cocinera del lugar.
Para llegar a la habitación del niño, debían antes atravesar un gran salón calentado por un hogar en el que ardían leños. El problema era que, junto a la lumbre, dormía un gatazo enorme y peligroso, cuyos erizados bigotes subían y bajaban al compás de su pausada respiración.
- "Nunca podremos cruzar el salón con esa bestia allí. Si despierta nos comerá a los dos." - dijo bien el niño rey ratón.
- "Lo sé. Pero para esto tengo una solución: la guardia ratonil." - respondió el Ratón Pérez.
- "¿Guardia ratonil? Nunca había oído hablar de ella." - confesó Buby Primero. - "¿Y cómo la llamas?"
- "No te preocupes. Están cerca."
Se aproximó a una de las paredes y dio unos golpecitos: primero dos, luego uno entre dos pausas más prolongadas, y finalmente tres más.
- "¿Están del otro lado de la pared?" - quiso saber el rey.
- "No. Pero allí viven otros ratones que les pasarán el mensaje rápidamente. Ya sabes que ratones habemos por todas partes." - le explicó el Ratón Pérez.
Y así fue. A los pocos minutos llegó la Guardia ratonil, integrada por muchos pequeños soldados armados con extrañas escopetas y espadas. Hablaron una palabras con Pérez y luego se formaron en dos filas, marcando un camino hasta un agujero en el muro más lejano del salón. Por allí pasaron corriendo nuestros amigos, tratando de hacer el menor ruido posible. El enorme gato no se había despertado, y seguía respirando pesadamente junto a los leños encendidos, sin saber que el lugar habían estado durante unos minutos más exquisitos ratones que aquellos con los que seguramente estaba soñando.
Luego de agradecer a la Guardia ratonil, que se retiró tan rápidamente como había llegado, el Ratón Pérez y el niño Rey Buby Primero entraron en la habitación.
Era un lugar más que pobre, muy pequeño, tanto que no cabía un hombre de pie. Entraba por las mucha rendijas el viento helado del alba, pues ya estaba clareando. Los únicos muebles eran una silla, un cesto de pan vacío y, en un rincón, una cama de pajas y de trapos donde dormían abrazados el niño y su madre.
El Ratón Pérez cumplió con su trabajo, mientras Buby se lamentaba de no haber traído algunas monedas de oro para agregar al obsequio. El dientecito fue a parar a la cartera roja, junto con otros muchos que ya había.
Fue una noche especial para ambos. El Ratón Pérez nunca había cumplido su misión acompañado por un rey, ni el rey había podido conocer tantas cosas que ignoraba sobre la vida y sobre los habitantes de su reino.
De regreso en palacio, previa colocación de la punta de la cola del ratón en su nariz y del consiguiente estornudo, Buby volvió a ser el niño de antes. Se despidió afectuosamente de su amigo.
- "¡Hasta el próximo diente!" - dijeron ambos. Y así exactamente fue.
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