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La historia de Antonio Meucci, el verdadero inventor del teléfono

 

   Honestamente, yo no conocía la triste historia de Antonio Meucci. Supe de su obra cuando un amigo de la colectividad me comentó que había leído en un libro, escrito en  idioma italiano, sobre este físico inventor del teléfono.

 

    Recuerdo que en la escuela primaria, se nos enseñaba que el inventor del teléfono había sido Alexander Graham Bell, aún hoy en los programas culturales de preguntas y respuestas dan el mismo  nombre,  sin ir más lejos,  en un diccionario de uso escolar, se lee: “Bell, (Alexander Graham) físico y electricista británico, en 1876 dio a conocer su invención del teléfono” y por otra parte Antonio Meucci, no aparece. En otros más completos aclaran que Bell,  “En 1876 solicitó la patente de un aparato que señaló los principios del teléfono” y sí,  figura Meucci como “Físico italiano, n. En 1804, m. en EE.UU. en 1889. Disputó a Gray, Bell y Edison la primacía de la invención del teléfono,...”.

 

   Como ustedes imaginarán, creció mi interés por conocer la verdad y pedí el libro de  Francesco Savorgnan di Brazza. Luego le solicité a Domingo Marraffini, un gran amigo de la Asociación Abruzzese de Ensenada,  que realizara la traducción del artículo para poderlo leer y comenzar esta interesante historia.

 

   Antonio Meucci nació en Florencia, el 4 de abril de  1805, en una humilde casa de Via dei Seragli. De joven entró al servicio de Granduca Leopoldo en calidad de custodio de las puertas de la ciudad. Su tarea consistía en verificar los pasaportes, lo cual le resultaba muy burocrático y nada tenía que ver con su espíritu inquieto.

 

   Dejó este trabajo e ingresó a la compañía teatral del empresario Alejandro Linari. Muy pronto Antonio sorprendió a Linari con su mente ágil e ingeniosa para las invenciones mecánicas logrando novedosos dispositivos escénicos.

 

   Frecuentando la sastrería teatral, la cual también era propiedad de Linari, conoció a una hermosa y laboriosa operaria toscana llamada Ester Mocchi, con quien se casó.

 

   En 1843 recibe una buena oferta para trabajar en  la “Tacon Opera House” de la Habana - Cuba. Aceptó rápidamente porque él trabajaría como proveedor teatral y Ester como costurera. La perspectiva de un largo viaje no lo desalentaba, el entusiasmo de Meucci se acrecentaba, ávido de aventuras y nuevos horizontes.

 

   Fue allí en Cuba, en el corazón del Caribe,  en donde el joven florentino tuvo las primeras ideas para su invención. En efecto Ester Meucci, muchos años después escribía en una carta: “Fue en La Habana  que, después de muchas pruebas, mi marido logró, si bien todavía débilmente,  hablar con personas que se encontraban apostadas al otro lado de la calle”.

 

   En 1851 se incendia el teatro en donde trabajaba y al quedar desocupado decide viajar a Estados Unidos, convencido de que allí encontraría apoyo para su invención. Liquida sus bienes y se traslada a Nueva York.

 

   Se establece en Clifton en la Isla de Long Island, en donde adquiere una modestísima vivienda. Estando acosado por las necesidades de la economía cotidiana y habiendo casi agotado sus reservas en la compra de la propiedad, funda una pequeña fábrica de velas destinada a convertirse en un malogrado intento.

 

   Meucci era un ardiente patriota y utilizaba parte de sus medios para ayudar a los prófugos italianos entre los que se encontraba Garibaldi, transformándose en su huésped y colaborador en los siguientes tres años. 

 

   Lejos de abandonar la idea de la transmisión de la voz, prueba y reprueba. Algunas de las personas invitadas a las pruebas consideran de juguete a los aparatos, sin imaginar que esos elementos devendrán en uno de los más extraordinarios descubrimientos modernos.

 

   A semanas de  intensas investigaciones le suceden largos períodos de desaliento, pero el inventor espera siempre. Necesita a cualquier costo romper el cerco del silencio que lo sofoca, buscar a personas que se interesen en su invención y preparen las vías necesarias para financiarlo. Con esa intención, al inicio de 1857, encarga algunos diseños de sus aparatos a su amigo el diseñador italiano Néstor Corradi.

 

   Esos diseños, que debían ser anexados a la primera  petición de la patente, fueron históricamente, de una elocuencia decisiva. Uno de ellos representa a dos personas que telefonean, con una inscripción de Meucci que decía: “L’invenzione consiste in un diaframma vibrante e in un magnete elettrizzato da un filo a spirale, che lo avvolge. Il diaframma vibrando al suono della parole, ad ogni vibrazione altera la corrente del magnete, producendo una serie di interruzioni elettriche rapidissime quanto i movimenti vibratori del diaframma. Queste alterazioni di corrente trasmettendosi all’altro capo del filo imprimono analoghe vibrazioni al diaframma ricevente, riproducendo la parola”.  De esta manera clara y sencilla Meucci explica como con  diafragmas, magnetos, espirales  e hilos conductores se pueden transmitir a distancia los sonidos  por la acción de la electricidad. Aclara que el diafragma vibra con el sonido de la palabra produciendo una serie de interrupciones eléctricas rapidísimas en relación con los movimientos vibratorios del mismo y que estas alteraciones de corriente, transmitiéndose a la otra punta del hilo, imprimen análogas vibraciones al diafragma del receptor reproduciendo la palabra.

 

   En 1860, le encarga a su amigo Enrico Bandelari que procure los capitales necesarios para constituir una sociedad de explotación cuyo nombre sería Teletrophone Company. Los resultados fueron desastrosos..... Se logró reunir apenas veinte (20) dólares.

 

   Pasan así los años. Los negocios de Meucci peligraban cada vez más; vendida la fábrica de velas intenta otras industrias con resultados siempre infelices. No obstante en esta agobiante amenaza de naufragio, piensa siempre en su invento como suprema salvación.

 

   Reuniendo una modesta suma, construye nuevos aparatos y decide finalmente solicitar la patente que salvaguarde sus derechos. Obtenido el título oficial, el 28 de diciembre de 1871, en la Oficina de Patentes de Washington, se abrían las posibilidades para realizar una gran prueba y persuadir a los incrédulos.

 

   Con tales expectativas se dirige al Sr. Grant, director de la sociedad telegráfica Western Telegraph Company. Tuvo un buen recibimiento, lo que le hizo pensar que había hallado la buena senda. Grant se interesó vivamente en el asunto: solicitó aclaraciones y  diseños, prometiendo experimentar a breve plazo. Pero cuando llega el momento de pasar de las palabras a los hechos, todo cambia, con varias excusas mantenían en suspenso al inventor de mes en mes. 

 

   Finalmente cansado y desilusionado, Meucci pide la restitución de sus documentos, luego de varios reclamos, le informan que el expediente se había extraviado. Esta desaparición  desata una cadena de hechos extraños y poco creíbles en perjuicio del inventor.

 

   Mientras tanto las condiciones financieras de Meucci empeoran. Herido por la explosión de una caldera, se ve obligado a dejar de trabajar por largo tiempo. Su esposa, en medio de una miseria absoluta, se ve obligada a vender objetos indispensables y los modelos de aparatos, no tardaron en correr la misma suerte. Fueron vendidos al precio de seis (6) dólares en una casa de compra y venta de objetos usados. Lamentablemente tampoco pudo pagar la renovación de la patente obtenida en  1871, la cual  estaba vencida. De esta manera una de las mayores invenciones del siglo XIX estaba destinada al olvido.

 

   El 16 de febrero de 1876, a las dos de la tarde, ocurre un hecho insólito. Un cierto profesor llamado Graham Bell,  de Boston, se presenta al Director de la Oficina de Patentes de Washington, con una solicitud de patente por un sistema apropiado para transmitir electrónicamente la palabra a distancia. Una hora después, se realiza una idéntica petición de parte del señor Elisha Grey, de Chicago. El director quedó perplejo debido a que durante su larga carrera, nunca le había sucedido algo similar.

 

   La ley americana, severísima en todo lo que respecta a patentes, creyó necesario requerir  ante la duda, el juramento  y al mismo tiempo advertir sobre  gravísimas sanciones penales. Bell jura y reclama su derecho de precedencia, en tanto que Grey le inicia un proceso legal que luego pierde y es condenado por daños y perjuicio.

 

   Las primeras experiencias de transmisión telefónica se realizaron públicamente a fines de 1876 en Boston y repetidas en Filadelfia en una exposición. Lo sucedido sobrepasa las expectativas. Lord Kelvin, famoso científico inglés asistente en la exposición, proclama a la nueva invención: “Maravilla de maravillas”.

 

   Una poderosa sociedad se constituye y se instalan los primeros establecimientos, los cuales se multiplican con una rapidez vertiginosa. Las actividades de la nueva sociedad alcanzan las estrellas o más y llega a formarse un verdadero monopolio.

 

   En 1878 se inauguró la primera central telefónica en New Haven (Connecticut).  En 1886 funcionaban en Estados Unidos más de 700 centrales  y en Europa donde el teléfono se implantó entre 1878 y 1880, cerca de 500. Al comenzar 1960 había en el mundo 133.600.000 teléfonos.

 

   Un grupo de italianos que conoce los derechos de Meucci, se reúnen e intentan obtener una adecuada recompensa para el inventor, pero la lucha se muestra despareja desde el principio. La Bell, rica ahora en millones, crea una red de intrigas para hacer naufragar la tentativa y finalmente en 1884 es abandonada.

 

   Al año siguiente, el 17 de agosto, dos americanos, Benthiysen de Nueva York y Huntington de Mississipi, en respuesta a una acción judicial iniciada por el Monopolio Bell contra ellos, contestan con una denuncia por falso testimonio y fraude en la cual dicen: “Graham Bell ha concientemente jurado en falso declarándose primer inventor del teléfono”.

 

   El proceso queda hasta entonces en el ámbito privado, luego se torna de índole pública, resultando el mayor daño para el Gobierno mismo de Estados Unidos, obligado a pagar grandes sumas de dinero por otorgar la patente a Bell. Se ordena una rigurosa investigación,  los resultados no tardan en revelarse y dada la gravedad se inicia el procedimiento penal.

 

   La Sociedad Bell corre a defenderse apoyándose en una furiosa campaña de prensa. Esta fue tan violenta que llegó a pedir la intervención del presidente  Cleveland, el cual ordena la suspensión de  las acciones. Esta intromisión juzgada de anticonstitucional, provoca reacciones más violentas. Los adversarios del Gobierno forman una plataforma política, desde allí alguien pronuncia el nombre de Meucci y se desencadena una furiosa batalla.

 

Bajo la creciente presión de la opinión pública, se reabre la causa. Los diarios no tardan en revelar las circunstancias más graves e inesperadas. Se sabe así que los diseños y planos  de Meucci  desaparecieron misteriosamente de la Oficina de Patentes de Washington. Se tiene noticias de que la Sociedad Bell, desde el principio, ha entregado a la Western Telegraph Company  el 20% de sus ganancias, cifra que por el período 1881-1885 alcanzó una suma que superaba los dos millones de dólares. Para explicar este extraño proceder, se recuerda que Meucci había entregado sus diseños, planos y descripciones a uno de los directores de esa compañía, el cual los extravió y jamás se lo devolvió a su propietario.

 

   La causa seguía cerrada, se llamaron a declarar a los más notables científicos de los Estados Unidos y luego de muchas vicisitudes, en Diciembre de 1886, la Suprema Corte Federal de los Estados Unidos, emana la sentencia definitiva que declara... absoluta prioridad al italiano Antonio Meucci por la invención del  teléfono, invención  de la cual Graham Bell se apropió fraudulentamente.

 

   Fue una victoria gloriosa pero únicamente moral para el pobre Meucci. Los defensores del inventor se habían desgastado por el largo tiempo transcurrido en la causa y por otra parte ya no tenía derechos sobre la patente vencida y no renovada en 1873.

 

   El 18 de octubre de 1889, amorosamente asistido por la familia Nisini, quien a pesar de haberle comprado la casa, continuó  hospedándolo y cuidándolo, Antonio Meucci murió en Staten Island, en el mismo lecho que por tres años le había ofrecido a Garibaldi en su destierro.

 

   El proceso que por más de un lustro apasionó a los Estados Unidos, cayó en el olvido y Bell siguió acumulando millones y millones sin ser molestado.

 

   A pesar de que llegó algún eco de esta debatida cuestión, nadie se interesó en Italia. Sólo muchos años después, en 1924, se amuró una lápida de mármol en la fachada de Correos y Telégrafos de Florencia, su ciudad natal a modo de modesto homenaje.

 

   Hoy por hoy,  nos encontramos en el siglo XXI, y gracias a las computadoras y a los servicios de Internet, pude descubrir que a 113 años de su muerte, el 15 de junio de 2002, El Congreso de los Estados Unidos reconoció oficialmente que el inventor italiano Antonio Meucci, ha sido acreditado con la invención del teléfono y no Alexander Graham Bell como hasta ahora se pretendió.

 

   La resolución  fue la “107th CONGRESS – 1st. Session – H.RES. 269 del 25 de Septiembre de 2001, propuesta por Mr. Fosella en honor a la vida y obra del inventor ítalo americano Antonio Meucci y por su trabajo en la invención del teléfono, en el siglo XIX.

 

   A continuación trataré de transcribir lo que entendí, a pesar de mis insuficientes conocimientos del idioma inglés, en relación con algunas consideraciones:

 

   “Considerando que el gran inventor italiano ha tenido una carrera tan extraordinaria como trágica;  considerando que luego de inmigrar en Nueva York, Meucci continuó trabajando con vigor incesante en el proyecto que había comenzado en la Habana, Cuba, una invención que llamó “teletrofono” la cual implicaba comunicaciones electrónicas; considerando que Meucci instaló una rudimentaria red de comunicación en su hogar de Staten Island que conectaba la planta baja con el primer piso, y después, cuando su esposa comenzó a sufrir y a tullirse por la artritis, él creó una red permanente entre su laboratorio y el dormitorio de su esposa en el  segundo piso; considerando que había agotado los ahorros de su vida en pos de su trabajo, Meucci estaba imposibilitado para comercializar su invento, sin embargo  demostró su invención en 1860 y fue publicada una descripción de ella en un periódico de Nueva York en lengua italiana;  considerando que Meucci nunca aprendió lo suficiente el idioma inglés como para manejarse en la compleja comunidad americana de los negocios; considerando que Meucci estuvo imposibilitado para reunir los fondos suficientes para solventar desde el principio al fin el proceso de solicitud de la patente, y de este modo pagar lo establecido por “Caveat”, el aviso de renovación anual que amenazaba a la patente, la cual  había sido inscripta por el 28 de diciembre de 1871;  considerando que Meucci tarde comprendió que la Western Union informó la pérdida de los modelos, y Meucci, quien hasta ese punto estuvo viviendo de la asistencia pública, estuvo imposibilitado para renovar su “Caveat” después de 1874; considerando que en Marzo de 1876, Alexander Graham Bell, quien condujo experimentos en el mismo laboratorio donde los materiales de Meucci habían sido depositados, obtuvo una patente y  después de eso fue acreditado con la invención del teléfono; considerando que el 13 de enero de 1887, el Gobierno de los Estados Unidos anuló la patente expedida a Bell sobre el terreno de fraude y falsificación, caso que la Suprema Corte encontró viable y permaneció como prueba; considerando que Meucci murió en Octubre de 1889, y que la patente de Bell expiraba en 1893, y que la causa tenía suspendido el debate sin alcanzar a subrayar ni a emitir las pruebas del verdadero inventor del teléfono con derecho a la patente; y  considerando que si Meucci hubiera podido pagar los $10 de derecho para mantener su “Caveat” después de 1874, la patente no hubiera sido otorgada a Bell:  Ahora, por consiguiente, se resuelve, Es opinión de la Casa de los Representantes que la vida y obra de Antonio Meucci debe ser reconocida, y su trabajo en la invención del teléfono debe ser reconocido.

 25 de Septiembre de 2001. (10:41 AM)

 

   Sinceramente me conmovió esta resolución, a pesar de los inconvenientes que tuve para interpretarla. Siempre un acto de justicia nos reconcilia con la raza humana. También quisiera que este trabajo sirviera para alumbrar esta historia que permaneció en la oscuridad debido a las miserias de aquellos seres que no honraron la vida como lo hizo Meucci. Lo que lamento es no haber sabido de su  existencia en 1967, cuando visité Staten Island y subí hasta la corona de la Estatua de la Libertad, porque hubiese querido evocarlo desde la magnificencia de ese emblemático lugar.

 

   Hubiese meditado sobre su partida anhelante de su Florencia natal, cuna del arte; la llegada a la exótica Cuba,  joven y pleno de ideas, más tarde  “América”, dura y  difícil en la apasionante Nueva York. Por ese largo camino, por esa mente brillante, por ese corazón sufrido, hubiese dejado unas flores a los pies de la estatua y en su honor.

 

Magdalena Noemí Maldonado

 

Ensenada

Marzo/2004

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

 

·        Diccionario Enciclopédico Universal Aula. Único Tomo. Madrid, España 1996.

·        Diccionario Enciclopédico Oriente. Cuatro Tomos. Buenos Aires, Arg. 1974.

·        Francesco Savorgnan Di Brazza “La dolorosa Storia di Antonio Meucci Inventore del Telefono” Da Leonardo a Marconi.  Edizione della Direzione Generale degli Italiani all’Estero e delle Scuole, Roma 1932.

·        Popular – Science. Net – Science technology philosophy arts news & ideas. Página de Internet consultada el 09.03.2004.

 

 

CERTAMEN LITERARIO 58º ANIVERSARIO DE LA REPUBLICA DE ITALIA 1946-2004

Lema 3: PERSONALIDADES ITALIANAS DE TODOS LOS TIEMPOS

 

Magdalena Noemí Maldonado

 

Poeta y narradora. Nació en la ciudad de Ensenada, Provincia de Buenos Aires, Argentina, el 25 de julio de 1950, en donde cursó sus estudios primarios y secundarios.

Viajó a Estados Unidos en 1967 para realizar un intercambio cultural y recibió clases en el High School of New Rochelle de Nueva York. Parte de esa gira abarcó Chile y Perú.

Inició su camino en las letras en el Instituto de Cultura Literaria de La Plata (Provincia de Buenos Aires).

Tuvo como guía también a la escritora y traductora Prof. Irina Bogdaschewsky.

Obtuvo premios nacionales y provinciales. Participa en conferencias, encuentros y presentaciones literarias.

Patrocinada por la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, condujo dos ciclos consecutivos de un programa cultural en televisión. Efectuó reportajes a destacados personajes de la cultura uruguaya, viajando a ese país.

Fue entrevistada por medios gráficos, radiales y televisivos debido a su trayectoria cultural. Fue invitada para la presentación de actos culturales auspiciados por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Ensenada y de igual modo por otras asociaciones locales.

Es nieta de ciudadanos abruzzeses de Massa D’Albe, Abruzzo, Italia, e integra la Comisión Directiva de la Asociación Abruzzese de Ensenada.

Integró el Jurado en concursos literarios provinciales, nacionales y sudamericanos.

Es socia de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y de la Sociedad de Escritores de la Provincia (SEP).

Algunas de sus obras fueron publicadas en  Revistas Literarias y e Ediciones compartidas con otros autores.

 

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