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Ensenada de Barragán: Separatas I |
El Cleanup (Limpieza Internacional de Costas) es un evento internacional de recolección, clasificación y registro de residuos, que se realiza en más de 120 países, y convoca a 1.200.000 voluntarios. Fue creado por The Ocean Conservancy en 1986, institución que lo coordina a nivel mundial, y mantiene una base de datos actualizada constantemente para monitorear los residuos que contaminan las costas de todo el planeta. En Argentina, es organizado por la Asociación Civil ReCrear, y colaboran varias instituciones como coordinadoras locales.
Tiene por objeto preservar el medio ambiente, educando a las personas para prevenir las causas de la contaminación, e identificar mediante los datos obtenidos las fuentes que producen dicha polución, para luego generar soluciones locales. Los datos sobre residuos recolectados se procesan y analizan, sirviendo no sólo para crear conciencia del problema, sino además, para proponer soluciones concretas en los lugares donde se realiza la limpieza; así se benefician las comunidades participantes.
Después de la limpieza, y en base a los datos obtenidos, se organiza el concurso Mi Granito de Arena, invitando a los chicos participantes a sacar conclusiones a partir del relevamiento de los datos estadísticos, de sus propias impresiones y experiencias, y realizando a la vez un pequeño trabajo de investigación sobre temas relacionados con la conservación del ambiente, que les permita proponer soluciones locales (de fácil implementación).
Los objetivos del programa Cleanup son:
Remover los residuos
Recoger valiosa información sobre las fuentes que los originan;
Educar a las personas;
Usar la información recolectada para producir cambio en todos los niveles, desde los individuos hasta los gobiernos
En este importante operativo de limpieza de costas a nivel país participan más de 6.000 voluntarios de las siguientes comunidades:
Mar del Plata
Miramar
Bahía San Blas
Puerto Madryn
Ensenada
San Isidro
Vicente López
Berazategui
Quilmes
Zarate
Campana
Puerto Pirámides (Península de Valdés, Pcia de Chubut)
La Asociación Civil ReCrear es una institución dedicada a educar a la población para revertir el proceso de contaminación a partir de la acción individual, concientizando a las personas para cambiar los malos hábitos de consumo. Cada uno de nosotros, aportando su "granito de arena", tiene el poder para cambiar el mundo.
Nuestros esfuerzos están focalizados en la divulgación, tratando de alcanzar al mayor número posible de personas con propuestas útiles y fáciles de poner en práctica.
A efectos de alcanzar a una mayor cantidad de personas en todo el país, hemos creado una Red Educativa en Internet, ubicada en www.salvatumundo.org.ar, en donde alumnos, docentes y particulares pueden obtener gratuitamente el material pedagógico, publicar sus propios artículos y dibujos, jugar, probar sus conocimientos, y comunicarse entre ellos y con nuestra Institución mediante "chat". Completan además tests y encuestas semanales que nos permiten monitorear el desarrollo del programa.
Los colegios que no cuentan con acceso a Internet, reciben gratuitamente un CD conteniendo el mismo material publicado en nuestra Red.
En los años anteriores, la cobertura de los medios de comunicación nos ha permitido concientizar a una gran cantidad de personas, y reclutar más voluntarios para nuestras actividades, convirtiéndose en un pilar fundamental de nuestros programas.
La actual Directora (abril/2004) es la Licenciada Liliana Toranzo.
La furia del Río de la Plata - Apunte de Adolfo González
"Pueblo húmedo", le llamaron los poetas, con una creciente que cada tanto nos pone un bote en la puerta de casa para evacuarnos a lugares altos. El agua, a diferencia del fuego que puede evitarse con determinadas precauciones, llega sin previo aviso y sin tocar timbre ni pedir permiso penetra en las viviendas y malogra todo.
Las canoas, que además de su fondo plano fueron la primer palabra que llevó a España de vuelta Cristóbal Colón desde América, tienen un pasado solidario y humano en la Ensenada.
"La Trinidad" en 1521 que, arrastrada por la creciente del sudeste practicó la carta del Río Santiago; la sucesión hasta 1770 que desmontó el Fuerte de Barragán; la de 1801-1802 que trajo a los canoeros provincianos; la del 16 de septiembre de 1816; la del 19 de agosto de 1820...
Las memorias del Dr. Gay-Lussac (hijo) en la cañonera oceanográfica "La Decideé" que comenzó a cartear el Río Santiago: "estamos a diez pies franceses de lo conocido de aquí; viniendo de río afuera no vimos (ni vemos) pueblo hasta la iglesia ocultada por árboles y agua crecida, se ven casas destruidas sobre la batería (el Fuerte). La fecha: 21 de mayo de 1869.
Don Augusto Morbidelli recuerda un salvamento: "Atracaba con la piedra para La Plata en el Doña Flora con 'El Jilguero', pero esa vez por la crecida hicimos 'franquía' en Punta Lara (puerto). Pero un velero noruego por carga desde Montevideo, se equivocó y fue a parar a los montes de Castells llevado por las rachas. A fuerzas de canoas, remadas, malacates y malas palabras salvamos tripulación y barco. Era 1885 S/o."
Don Paulino Pagani fecha la bitácora "Agosto de 1914" sin otra. "Me quedaron los frontones, otra vez volver a empezar sin abandonar la isla (Santiago Este - Actual "Isla Paulino"). Mi personal y algunos jugadores de Ensenada preocupados por voluntad propia están rescatando los galpones donde guardo paletas propias, agenas (sic), pelotas y herramientas. Estoy preocupado por los puesteros de Los Talas (en la actual Berisso), van para dos días que no cubren el Mercado (de la Ensenada). Mi vida corrió peligro serio. A media milla del Recreo tengo una puestera con su hijito como advertencia a mis clientes que no deben cruzar porque hay vados y canaletas peligrosas. Los creía a salvo pero el capataz escuchó gritos y aunque era muy noche con la canoa liviana salimos a buscarla". Y Paulino seguía relatando acerca de la puestera con su hijito hambriento, morado y lloroso, trepados a un gallinerito que ya tumbaba el oleaje. "...creí (nunca me pasó en tantas...) que hasta la experiencia del capataz con los remos y la valiente canoa no servirían".
Pero hubieron otras. "¡No deben morir ahogados!", ordena a los Bomberos don José Volponi en la inundación del 10 de julio de 1923 en rescate del vecindario de Punta Lara. Y salen por las vías en zorras ferroviarias cargando una amplia canoa hasta con un carpintero voluntario "por si se pincha en el auxilio". Igual que en 1914, el Salón Unión de los italianos esta vez albergó durante casi 40 horas a 550 personas, máxima capacidad de refugio colmado, todos (mujeres y niños) rescatados por medio de botes y canoas.
No hay mucho para comparar, pero la sonda de La Decideé en 1869 en el Río Santiago y la del semáforo de la isla Paulino el 15 de marzo de 1940 parecen coincidir: 4,65 metros sobre el cero.
Esa creciente "del 40", como todavía la llaman, nos marcó profundo por las ausencias definitivas, pero luego vino la del 27 de julio de 1958, un repunte apenas, tan sorpresivo que a la 1 a.m. llegaba a las camas, y a las 2 a.m. los pedidos de auxilio eran tapados por la oscuridad. La nevisca y el oleaje se extendían por la sufrida Punta Lara. Porque allí se usó todo lo servible para auxiliar a los propios y a los ajenos: botes, canoas, tablones, carros, caballos, tractores...
Y un marinero llamado Rubén Omar Martínez, sobre el arroyo Miguelín usó hasta su propia vida por salvar a otros. Y la perdió. En la ordenanza nro. 256 del 7 de noviembre de 1958, el Concejo Deliberante de Ensenada llamó "Arroyo Marinero Rubén Omar Martínez" al Miguelín, y nos modificó una toponimia que venía del tiempo de los saladeros con los "Miguele" Desimoni, viejos pobladores ensenadenses.
Los chicos de entonces que la pasaron en Punta Lara se recuerdan mojados y, trasladados a los botes, entregados a los bomberos por sus padres, que parecían los únicos seres con capacidad para pensar y vacunados contra las sorpresas. "A mi viejo, tan terco y 'rebeldote', un bombero jovencito le dijo: '¡Usted se queda acá!'. Y donde le dijo se quedó, como si fuera la primera inundación que padecía...".
Claro que como la memoria transita por corrientes que recién al final serán pantano, recuerda algunos hechos y otros quedan lavados y fundidos con el "nunca ocurrió", apelmazados en la memoria. Porque después de esta inundación fulminante, el 14 de abril de 1959 duró con el agua hasta las ventanas hasta el 17. El Cuartel de Bomberos refugió a 380 personas, según "Memoria de 100 años" recogida por Vicente Rastelli.
(N. de la R.: Todos estos recuerdos apuntados por Adolfo acerca de botes, lanchas, canoas y crecidas ribereñas surgieron para dar un marco referencial al trabajo que realizara Nora Carballo decorando el refugio personal de Almafuerte entre Ortiz de Rosas e Italia).
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La creciente del 40 y las sudestadas en general
El 15 de abril de 1940, Ensenada sufrió una inundación por crecida del Río de la Plata que alcanzó proporciones extraordinarias. La plaza principal, la calle Colombia (hoy Tte. Gral. Perón) y la calle La Merced estuvieron cubiertas por hasta un metro de agua. La Destilería tuvo sus instalaciones inundadas, pero la eficiente organización técnica de su personal permitió proseguir las tareas industriales a las pocas horas de la creciente. Y ya que estamos en este tema, según lo expertos las crecidas del río causadas fundamentalmente por las sudestadas pueden calificarse en: a) no graves (hasta 2.50 m IGM); graves (hasta 3.50 m IGM); y c) muy graves (más de 3.50 m IGM). Cuando las crecientes se combinan con intensas precipitaciones pluviales que no pueden evacuar sus aguas por las bajas pendientes disponibles, la situación asume ribetes de catástrofe. La pavimentación de las calles incrementa las dificultades pues aumenta las áreas impermeables y, por tanto, incrementa los escurrimientos superficiales. Las obras de infraestructura destinadas a reducir los efectos de esta característica hidrometeorológica de Ensenada son, a esta altura del desarrollo urbano, de primerísima prioridad.
Las invasiones inglesas: reportaje ficticio a un rojo.
¿Desde cuándo les interesaron estas tierras?
Los ingleses no tenemos suerte a veces. Por 1593 intentamos atacar poblaciones del Río de la Plata pero nuestras naves naufragaron frente a las costas del Brasil. Y no fue ésa la única vez que quisimos meternos en tierras conquistadas por España. Gracias a Nelson obtuvimos la victoria de Trafalgar y entonces sí nos lanzamos con todo al mar. Pero en esa Batería de Ensenada se habían preparado bien para cualquier ataque nuestro.
¿A qué llama "prepararse bien"?
A tener 100 milicianos a sueldo, más una patrulla volante de 1.100 hombres con cuatro cañones y dos obuses, más una fragata con seis cañones para reforzar la batería, más un destacamento vigía con 10 hombres en Punta Lara. ¿Le parece poco? Sin embargo, lo intentamos en 1805, pero el río ese condenado que tienen no nos lo permitió.
Sin embargo, volvieron.
Por supuesto. El premio a obtener era importante. Mandamos a Lord Popham, pero la Ensenada estaba muy vigilada y reforzada. Así que tuvimos que dirigirnos a Quilmes. Desembarcamos el 25 de junio de 1806 sin encontrar oposición. Hubo sí un combate el día 26 contra soldados profesionales españoles y unos jovencitos que habían traído de la Ensenada. Con Beresford, que comandaba las tropas terrestres, les dimos una verdadera paliza. Luego seguimos hacia Buenos Aires y tomamos la ciudad. Todo terminó con ese francés Liniers y su famosa "Reconquista".
Pero no abandonaron la idea.
Por supuesto que no. Nos había gustado tomar Buenos Aires y desfilar al son de las gaitas del Regimiento 71 más de 1.600 hombres. El 14 de agosto nos echaron, pero habría desquite.
Y se vinieron con todo.
Con todo. Con la flota más poderosa jamás vista por esos lares. Tomamos Montevideo y Colonia. Luego nos apostamos frente a la Ensenada de Barragán y el 28 de junio de 1807 por la madrugada comenzamos la invasión.
¿Dónde desembarcaron exactamente?
En un arroyo al oeste del Fuerte, a unas dieciséis o dieciocho cuadras. Creo que lo llamaban "arroyo Piloto" y ahora lo conocen como "Zanjón". Éramos unos nueve mil hombres, la mayoría de a pie, con más de una docena de piezas de artillería. Whitelocke era el teniente general. Llegamos a Quilmes la tarde del 1º de julio.
Pero no resultó fácil.
Nada fácil. Como demoramos demasiado, en Buenos Aires organizaron la defensa. Perdimos más de seiscientos hombres y tuvimos 1.188 heridos y 313 desaparecidos. Fue un verdadero desastre.
¿Qué recuerdo les quedó de Ensenada?
El peor. Siempre fue un hueso duro de roer. En la primera invasión, porque no pudimos doblegarla y tuvimos que ir hasta Quilmes. En la segunda, porque bajar en Ensenada significó alejarnos mucho del objetivo y perdimos valioso tiempo.
¿Fueron operaciones inútiles?
No, de ninguna manera. Dejamos en la mente de los españoles y criollos de Buenos Aires un par de ideas que comenzaron a cristalizar a partir de mayo de 1810. Entonces pudimos realizar la tercera invasión, que no fue militar sino económica, y recuperar con creces todo lo perdido en las dos anteriores.
¿Considera usted que los ensenadenses tuvieron un buen comportamiento durante las invasiones?
Ocurrió lo de siempre y tal como se repitió en la guerra del Atlántico Sur por la defensa de las islas Falkland, o, como ustedes dicen, Malvinas. Cuando estuvieron bien dirigidos y pertrechados, se hicieron invencibles. Cuando sus propios jefes los abandonaron, no pudieron ni siquiera resistir la menor presión. Pero sí nos hubiera gustado que pelearan de nuestro lado. Tuvieron y tienen un coraje casi sobrehumano. Como buen inglés, permítanme felicitarlos.
Señora Directora de la Revista Villa Tranquila: Usted habrá oído hablar de un tal Hernando de Magallanes, el portugués que fue enviado por los españoles para buscar un paso que llevara del Atlántico al Pacífico, tarea intentada por Juan Díaz de Solís pero los indios se lo almorzaron antes. Magallanes armó una flota y me contrató como contramaestre (por lo que sabía de navegación) y de cronista (por lo que sabía de leer y escribir). Como buen griego que soy, nacido en la isla de Creta, junto al Mar Egeo, mi nombre era impronunciable por los españoles, quienes me apodaron Francisco Albo o Francisco Alph, para decirme "Paco, el griego", como a Magalhaes le decían "Magallanes", de modo de simplificar. Era enero de 1520 cuando entramos en el río de Solís. Por supuesto, yo viajaba al mando de la Trinidad, la nave capitana. Y cuando luego salimos hacia el sur pude ver una amplia bahía que anoté como "ensenada" en el librejo que venía escribiendo al que llamé, no muy originalmente, "Diario" o "Derrotero". No estoy muy seguro que fuera exactamente el lugar donde usted hoy vive, pero más o menos por ahí. Ese simple registro de un accidente costero me valió el ingreso a la historia de toda una región. Le envío estas líneas para agradecerle que se haya ocupado de recordarme, cuando ese pueblo que lleva el nombre que sin querer ni saber le puse, cumple casi doscientos años de vida. Atentamente, Francisco Albo e-mail:pacoalbo@paraiso.com .
El segundo puerto - Origen y antecedentes
Basado en "Puerto La Plata", por Julio Scoccia - 1950
"Los gastos ocasionados por las Invasiones Inglesas y más tarde la situación política de España, demandaron al Virreynato del Río de la Plata enormes inversiones que agotaron las fuentes de la renta pública."
Era aún virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros y, como en nuestros tiempos, se dirigió a los comerciantes para procurar que le prestaran unos pesos al Gobierno. Cortésmente le dijeron "no" y le retiraron todo apoyo.
Los ingleses, pese a su aparente derrota en Buenos Aires, seguían merodeando para ver si conseguían en el Río de la Plata clientes para comprarles y venderles mercancías. Pero aquí se desconfiaba de ellos y de sus verdaderas intenciones. Por eso se buscaba mantenerlos alejados y se seguía con el poco ventajoso comercio con España.
Mariano Moreno no se había dejado convencer por los monopólicos. Convenció a Cisneros de que había que intentar negociar con "cualquier buque amigo de puerto extranjero". Era cuestión de fijarse bien en los contratos, seguramente recomendaba el abogado. Y comenzó un período prolongado de libre intercambio.
Ensenada tenía su puerto junto al Fuerte, pero los buques no anclaban allí sino frente a la nueva ciudad. Ni la Primera Junta pudo convencerlos de hacer otra cosa aún cuando estableció rebajas en los derechos a abonar (nota del 12/10/1810).
Pasó mucho tiempo hasta que el 21 de octubre de 1882 el Gobierno Nacional concierta con el provincial la construcción del "Puerto de Ensenada", uno nuevo. el 23 de enero de 1883 se establece un contrato que firman, por la Nación Roca y Bernardo de Irigoyen, y por la Provincia Dardo Rocha, Villamayor y D'Amico.
El Poder Legislativo provincial promulga la ley 1652 (6/8/1883) que autoriza al Ejecutivo a iniciar la construcción del puerto, en forma directa o por intermedio de una empresa particular, de acuerdo a planos y presupuesto presentados por el ingeniero Waldorp.
El 1/9/1883 se decreta la expropiación de los terrenos necesarios: los comprendidos dentro del área de 1.200 metros de frente al Río Santiago, con un fondo hasta la actual calle 122, límite con La Plata. Las tierras expropiadas que no se utilizaran efectivamente para la construcción del puerto podrían ser vendidas en remate público.
Cuando Bernardo de Irigoyen llega a ser gobernador, a principios de 1900, el nuevo puerto estaba dividido en cinco zonas o sectores.
La primera zona (el canal de entrada) es el sector comprendido entre la extremidad de los malecones de entrada en el Río de la Plata y el comienzo de los muelles del Gran Dock. Tiene unos 8.000 metros de longitud, un ancho de 144 metros y unos 50 metros (sic en el original) de fondo. Esto permite que dos buques en navegación puedan cruzarse.
La segunda zona (el Gran Dock), de 1.272 metros de largo y 150 metros de ancho con 21 pies de profundidad, más 4 pies y medio de canaleta al costado de los muelles de granito que tienen una extensión de 2.550 metros. Los muelles se continúan con el dique de maniobras, de 256 metros de largo por 220 metros de ancho, holgado para los buques más grandes de ultramar de esos tiempos. El fondo es de tosca y tiene al costado de los muelles una canaleta de 34 metros de ancho por 1,35 metros de profundidad para que los barcos no toquen fondo durante las mareas bajas. En esta zona se encontraban los guinches hidráulicos, los ocho grandes depósitos donde podían almacenarse hasta 600.000 bolsas de cereales, mareógrafo, semáforo, elementos contra incendios, báscula para pesar vagones, secadora automática de cereales e iluminación eléctrica para poder operar también de noche.
La tercera zona (el Río Santiago), está ubicada en la anchura de 200 metros sobre el Citado Río. Allí estaban establecidos por 1950 los muelles y depósitos de una compañía particular. La extensión de sus muelles, sobre el Río Santiago y el Canal Oeste, alcanza los 1.400 metros.
La cuarta zona (Puerto intermedio) es el área de agua honda de Río Santiago, canal realizado por la Provincia de Buenos Aires que mide 1.500 metros de largo por 100 metros de ancho y 60 metros de fondo, paralelo al canal de entrada. Está destinado para lugar de desarme y reparación de averías, pero muchas veces ha sido ocupado por barcos de la escuadra nacional.
La quinta zona (Canal y Dique de Cabotaje). El canal sale del Río Santiago y después de casi 7 kilómetros de largo, con un ancho de 45 metros y 7 pies de profundidad, va a terminar en el Dique de Cabotaje, que tiene 300 metros de largo por 50 metros de ancho con igual profundidad que el canal y 650 metros de muelle, a los que venían a amarrar pequeñas embarcaciones para descargar productos como leña, carbón, harina, verduras, etc.
Alberto García Cortina - Historia no oficial
Con edad como para mirarse al espejo y reconocerse, no sabía de barro, tropas y nieblas aunque sí bastante de exportaciones. Pero su pasión era el derecho público incluido el dominial. Preparando la tesis universitaria, dirigió (todo a la vez, como siempre) la tirantería y las dependencias de su futura casa en "la elegante villa de los Barragán" (así le gustaba decir). Claro que entre el aprendiz que hace lo que quiere y el artista que hace lo que puede hay un espacio viscoso, turbio, en el que hasta el radar tiene dudas si se llevará o no la mole por delante. Hombre de buena fe, publicó que empalizaba a su costo un par de hectáreas entre el Doña Flora Agapita y el Lazareto, para corral de sus "purs" y andar, cosa que hizo con postes de ñandubay y talas. Este proceder incomodó a los abogados de don Emilio Suárez, un estanciero que desde el casco de la San José (más o menos 37 y 125 en Catela) tenía una concesión de los Bañados de la Ensenada, a los que había dividido muy racionalmente alternando pastoreo y engorde. Según el diario La Mañana de La Plata (27/2/1898) cobró cien pesos oro al municipio por la recolección domiciliaria de basura, que llevaba al puesto La Quema donde 1.000 cerdos se alimentaban de los restos de comida. El poderoso estanciero ensenadense cierra su ciclo definitivamente el 30 de julio de 1898, demandando al municipio y a la provincia por perjuicios y daños a 1.000 cerdos, 1.000 caballos, 1.000 vacas... todo 1.000. Ignoro cómo le fue con el pleito.
La aceitada máquina de don Emilio, sin que sufra su sueño ni incendia su almohada, se puso automáticamente en marcha en 1887 con don Alberto. Sin personal que lo recibiera, pues el que no estaba cavando el puerto hacía estiba en la flamante empresa de don Luis Castells y don Pepe Uriburo, destrabó el lustrado portón para desatar el tilbury y encontró a sus vehículos con las cuerinas, lonas y maderas finas cortadas en lonjas de una pulgada, ni más ni menos. Como atacado por un pájaro embalsamado y mecánico con una única capacidad: la de darle vida a la parte más trágica de su destino, se llegó hasta la casa del comisario seccional don Timoteo Dones en la misma vecindad. No tenía sentido llegar castigando. Dijo no poder hablar, tampoco escribir, para formalizar. No puede puede pensar: "me atreví a ser patriota, poblando". "Habla como un imbécil pero goza con las palabras algo aturdido por las lecturas", dice don Timoteo Dones en sus memorias.
Sin embargo, la experiencia enseña hasta a olfatear a la vida: la transitoriedad más prolongada (a veces, aclara). Mandó por dos clases a la comisaría armados y aperados como para hacer noche de don Alberto que, si estaba de atar por el resto, le diría a la familia "que la Villa no es para ¡niños con gusto a leche en los labios!".
Esa noche se quedó en la casa al cuidado macizo y tierno de la señora de don Timoteo y del preparador de pócimas, ungüentos y preso por flebotomista que el boticario don Francisco (¿sería Cestino?) tenía por ayudante, buscado al efecto.
Por el volumen de los folios, parece que por ser franco policial de don Timoteo mezcló en su domicilio agenda, memorias y partes a Jefatura: "Las 5 a.m. y el día está alto y hay nubes de calor. Ya tomé mate... Una partida me informa de que la caballada faltante fue encontrada pastando sin novedad muy cerca del casco de la San José y puesta, si no hay otra orden, en el corral alambrado por don Alberto, que duerme arropado y suda como un 'chivo cabreado' (¿?) por consejo de ese 'domador de sanguijuelas'. Volvió Riarte y cuadrado me dice que eso de la caballada de don Alberto cerca de la San José era un decir nomás. Que la encontraron en el Bañado de Durañona y faltaban dos puros que ya deben estar muertos por los esteros pero no encontraron las pruebas... Llegó Tancredi y le ordené que no desmonte. El parte me informa que el Sr. Juez de Paz viene a este domicilio antes que despierte don Alberto, que ahora también ronca y acatarrado escupe en el piso de la habitación. Razón tiene mi mujer: esto es Puesto Policial de pueblo en la arena y no casa para vivir decentemente... Llegó el Juez de Paz. Le pregunté a quién le hicieron lonjas de los caleches. Parece don Alberto ayer: junta las manos y cierra los ojos como hombre que atavía (¿?) al gato porque perdió el ratón en la estiba de leña. ¡Hábleme de la situación y no de su estado de ánimo!, le dije con el respeto ladeado. Hace tres días el "tintero" de la posta de Rivero, la que está al salir del 'Blanco' en sesgo con la Circunvalación (Colombia y Bossinga) me alcanzó al juzgado un oficio del estudio que atiende a Don Emilio y los Bañados (de la Ensenada). Decía en nombre de don Sosa desde la San José, que los caballerizos de los potreros del Lazareto se quejaban por el cierre indebido de los campos realizado por don Alberto detrás del Saladero. Se aprovechaban para serles recadero y que (yo) le proteste al Delegado (Municipal) por el mal método holandés (troncos de ceibo abajo y conchilla arriba) con que rellenaron el Blanco ("Camino Rivadavia" desde 1884). Hablaban de demanda por el usucapio (¿?) pretendido, por incumplimiento de derecho peajero (¿?) y daños por un remo lastimado en la 'jaquita alforjera' de la puesto Santa Rosa (122 y Camino Rivadavia) al San Carlos (La Montonera)". (¿Sería una burra cordobesa par mandados? - digo yo).
Pero don Timoteo parece aclarar en otra parte: "No entiendo a estos 'cagatinta' cuervos pincha folio (decite algo, Galatro) cuando arraciman pleitos por dominios, tarifado caminero y el coste de la grasa fregada con aguardiente en el menudo de la yegua panzona que por el caramelo (dice: azúcar quemada) a la vuelta se lastimó y perdió la maleta en el camino del almacén (¡!)". (¡Iba a hacer los mandados al almacén de la Villa con el papelito adentro de la bolsita! Es increíble, Luz de Galatro).
El juez sacó otra carpeta que repetía: "Gefe (sic) de Policía al Comisionado Municipal. Protección al Señor D. Emilio Suárez. Los Bañados de La Ensenada. Le respondo a la suya de ayer, que ya tomé la decisión con respecto a liberar de intrusos, mal entretenidos sin ocupación y otros merodeadores que alteran el Rincón del Puente del Viejo Camino."
Parece que este Camino "del Bañado" montado sobre la última barranca que formó la conchilla de Los Talas y que se le empalmaba desde Quilmes, tenía un puente sobre el Flora Agapita a la altura de Francisco Cestino, un kilómetro o algo más hacia la elegante "Villa de los Barragán". Sin dudas, allí estaba el corral que alambró el Delegado Municipal. Sigue la nota:
"Le he informado al Juez de Paz de La Ensenada y ajunto al comisario Timoteo Dones para que auxilie al Juez (y) por la fuerza pública proceda".
Ni el comisario ni el juez notaron que don Alberto escuchaba. Uno dijo: "La venganza por intereses anda por la Villa"; y el otro: "Ricos contra no tan ricos." Y don Alberto: "¡Este puesto que es un 'puestito', cuántos lo ambicionan!" Claro que tanto el Comisionado Municipal como el "Gefe" de Policía, manejando los tiempos y el escamoteo de los expedientes, sabían que si esperaban al primero que sacaba la cabeza, sería simple el objetivo de volar la de los tres.
N. de la R.: Aclaremos que lo de "un tal" aplicado al Delegado Municipal García Cortina no es despectivo sino pintoresco. Al menos así lo quiere dejar aclarado "un tal Adolfo González".
Comentarios adicionales: 1) La Resolución Nacional del 22 de noviembre de 1887 poniendo a disposición de la Provincia el Lazareto por razón de la endemia "peste biliosa" en otro brote mucho tuvo que ver, aunque ellos no lo comentan, como ignorando el tema (o evitándolo, diría). 2) El Camino del Bañado era el Camino Real del Puerto, la Francisco Cestino incluida. El cuento de los ingleses en 1807 perdidos en el Bañado era eso, un cuento. (Por supuesto, de un apunte de Adolfo González, acotaciones incluidas).
¿Vamos al cine?
De salas ensenadenses de las que apenas queda el recuerdo y algunas señas de sus ubicaciones en el final del siglo pasado, citaremos el Salón de Conciertos de la Ensenada, en calle "de la Merced", la Sala de Recepciones del Gran Hotel Calzetta (cerrado en diciembre de 1896), y "La Cantina", una casa de comidas para las familias que en 1911 daba "cinematografía en su amplio, serio y cómodo salón". El "ver cine" formaba parte de una actividad social que los diarios reflejaban con nombre y apellido, y hasta insinuando relaciones noviazgos, día a día en sus páginas. Otros salones de cinematografía fueron el Unión (en los altos de Bomberos en La Merced), Estudiantes del Sud (en La Merced 280), el Universal (en La Merced casi Perú) y el Astro (en la actual sede de Bomberos).
En 1931 hubo una importante novedad. Los hermanos Ferella, Parnizari y Lizarralde, junto al capitalista cinematográfico Arnaldo Rocca, desafían la depresión económica mundial y la década infame con un cine para el arte. Sin bares, casas de comidas, ni entretenimientos, un cine, el Social Cine Teatro. al pasar por La Merced 222, el "alarife" (maestro albañil) don Eugenio Fidélibus con el proyectista Ing. Urrutia y una cuadrilla están en los cimientos. Es el 15 de octubre de 1931. Para el 21 de mayo de 1932 lo entregan alfombrado, con un techo corredizo para ventilación, 800 butacas de madera forradas en "gumetal" (una cuerina), 300 plateas altas, luces y todos los chiches. Mil cien localidades. La función del 21 de mayo fue a total beneficio del Club Náutico Ensenada (porque días antes se había trasladado al arroyo Doña Flora y por lo mismo necesitaba ayuda con urgencia), exhibiéndose "Gigoló", "Dios los cría" y, de complemento, "Papá misterio", con subtítulos en castellano.
Al ingresar las familias a la sala la noche de la inauguración, la encontraron perfumada con la "distinguida loción Carta Blanca". El señor Juan Francisco Peterson (el mismo cuya moción dio nombre al Club Náutico) tenía un fuerte negocio de cosmética y perfumes, y era el representante para Ensenada y Berisso de esa loción. Su esposa, hijas y empleadas de sus negocios se encargaron de tan delicado y simpático cometido.
Treinta años después (por 1960) comienza la decadencia de la cinematográfico y la lenta agonía del Cine Teatro que fuera orgullo de Ensenada.
¿Y si me voy al cine? -Nota de Daniel Galatro
Es 22 de Agosto de 1952. La tarde, gris. La lluvia intermitente golpea sobre el techo de cinc tamborileando acompasadamente mientras la soledad se me hace abrumadora.
No es que me disguste estar solo. Habitualmente amo esta posibilidad de sentarme a leer o a escribir algo, pero hoy... hoy no me siento con ganas de estar conmigo.
Enciendo la radio. El aniversario del renunciamiento de Evita hace que todos, convencidos u obsecuentes, solamente hablen de eso. Y como ella murió hace tan pocos días, es casi obsesivo el recuerdo que propalan.
¿Y si me voy al cine? ¿Qué dan en el Social? Mirá vos. Estrenan "Amargo desquite", con Robert Cummings y Lizabeth Scott, y "Con el último suspiro", con Bárbara Stanwick y Wendell Corey.
La Merced está casi vacía. Solamente corremos bajo la llovizna persistente los que nos metemos en el cine para comprar una tarde de ilusión.
Total... es Ensenada, llueve y estaba solo. Como esa rubia de la fila doce. Se parece un poco a Bárbara Stanwick, ¿no? ¿Seré muy obvio si me siento a su lado? ¡Por aquí está bien, acomodador!
Cementerios de Ensenada
Por fines del siglo dieciocho había cementerio en Ensenada. El 12 de enero de 1854, el Juez de Paz solicitó al Gobierno de la Provincia dinero para varias refecciones, entre ellas la del cementerio. El 30 de septiembre de ese mismo año, se autorizó levantar una suscripción en el Partido para construcción de un nuevo cementerio, cambiándolo de lugar. Por esos tiempos, luego de un crecimiento sorprendente a principios de siglo, la economía de Ensenada estaba destruida. Solamente tres comercios funcionaban más o menos bien y eran los que recibían a los marineros que tripulaban los buques que, de cuando en cuando, fondeaban en la bahía. Pero, como parece ser una costumbre, Ensenada sí servía cuando otros la necesitaban. El ingeniero Pedro Benoit fue enviado en 1855 para reconstruir la batería (el fuerte) de modo de instalar en ella un lazareto para recibir los enfermos de fiebre amarilla desde Montevideo. Entonces, el pedido de fondos para refaccionar el viejo cementerio fue aprobado, así como otro efectuado en marzo de 1857 con el mismo fin. El tema del cementerio lo hemos vuelto a encontrar en datos del 7 de enero de 1861. En una sesión municipal ordinaria presidida por Ignacio Correas, entre otros asuntos se dio cuenta de una donación hecha por la testamentaría de Lezica y por intermedio de Vicente Letamendi, del material del antiguo saladero llamado "de Trapani", que había sido solicitado en compra con el objeto de emplearlo en la construcción de un cementerio.
Se buscaba lugar para la nueva necrópolis. Parece que la parcela elegida podía, después de una mensura de los terrenos del pueblo, resultar de propiedad de Guillermo Richardson y Sinforiano Huertas, pero éstos dijeron que, si se determinaba que ese terreno era de ellos, lo donaban a favor del municipio. Era una manzana de unas cien varas de lado. Se volvieron a reunir los municipales el 31 de Agosto a fin de discutir los precios a cobrar por las sepulturas. Se decidió fijar la suma de $ 25 por cada fosa de 9 cuartas de largo por 4 de ancho. Por ese tiempo, la población del pueblo era de 365 habitantes, en tanto que 2.338 personas vivían en el campo. El Partido ocupaba 40 leguas cuadradas. En el caserío había un cuartel, dos escuelas, una iglesia, cinco casas de alto, cuarenta y siete de azotea, cuatrocientos ochenta de paja y ocho de tejas. El comercio estaba integrado por cuarenta y dos almacenes y pulperías. Pero ya estaba en construcción desde años atrás el Camino Blanco, que unía al pueblo con las Lomas de la Ensenada, y, sin saberlo, una sombra negra se avecinaba sobre el futuro de la sesentañera localidad. Porque todo el poder de Buenos Aires se iba a fijar en esas Lomas para instalar allí la Capital de la Provincia, a costa del Partido creado en el 1821.
La epidemia de cólera de 1868 sorprendió también a Ensenada. Pero los muertos no debían ser enterrados en el cementerio del centro, que parece haber estado ubicado en lo que hoy es la manzana circundada por las calles Pte. Perón (Colombia), San Martín, Don Bosco y Eva Perón (Libertad), sino en otro especial que debía construirse a unas 20 cuadras al oeste del pueblo y junto al Camino Blanco. Los cadáveres debían ser cubiertos con una fuerte capa de cal, rellenando el cajón con conchilla. Las sepulturas deberían realizarse a dos varas de profundidad. El 4 de Junio de 1868 la Municipalidad invitó a los principales vecinos del Pueblo y Partido a una reunión que se realizaría el primer domingo en el salón municipal, con el objeto de proceder a la apertura de los presupuestos presentados para la construcción, entre otras obras, de un nuevo cementerio. Los tiempos habían cambiado y nunca se había visto hasta ese día tan gran animación e interés por el progreso de la localidad.
La depresión de las décadas de 1850 y 1860 se iba superando. También para Laborde con su "Bella Ensenadera" las cosas mejoraban día a día. Y se comenzaba a hablar seriamente de la construcción de un puerto. Por 1869 se instalaban en Ensenada alguien con vocación de médico, que no lo era, y de boticario, que tampoco lo era, aunque en realidad sí tenía práctica suficiente en ambos asuntos. Su nombre era Francisco Cestino. Pero sigamos con el tema urbanístico en general y cementeril en particular. Ante el resurgimiento de la vieja Ensenada (ya tenía como setenta años), ojos interesados comenzaron a mirar con más cuidado nuestro Partido y su ciudad-pueblo cabecera. Sus posibilidades comenzaron a ser evaluadas y dimensionadas, tal como ya lo fueran por sus pobladores, ahora por los porteños. Ensenada crecía, mejoraba, se poblaba, se hermoseaba, se modernizaba. El antiguo caserío de los pagos de Barragán, como una adolescente, comenzaba a atraer cada día más pretendientes. La última década de esa primera etapa del Partido de Ensenada, es decir, a partir de 1873, el pueblo tantas veces abandonado y tantas veces concurrido, según su comercio e industria iban y venían, comenzó a ser algo que podía considerarse como permanente. Pero el nuevo cementerio se estaba ya construyendo en las Lomas de la Ensenada, y sustituyó al situado a pocas cuadras de la Plaza de la Merced (hoy Plaza Belgrano).
Entonces comenzó el peregrinaje: los ensenadenses debían trasladar a sus muertos en carros o coches. Finalmente, cuatro años después del despojo conque los bonaerenses de Dardo Rocha se dieron el gusto de fundar una Capital para la Provincia y brindarle un Partido propio gigantesco apoderándose del que fuera de la Ensenada, en 1886 se habilita oficialmente el Cementerio de La Plata. Pero esta historia macabra, nos solamente por su temática sino además por su tratamiento, no terminó allí, pero dejemos por un tiempo que las almas de los fieles ensenadenses difuntos del siglo XIX descansen en paz. Una curiosidad: Unos diez años antes de lo mencionado como conclusión de esta nota, el 31 de Mayo de 1876, Joaquín López Osornio presentó una solicitud a la Municipalidad, que todavía era "de la Ensenada", para obtener permiso a fin de hacer por su cuenta la exhumación de los restos del cementerio antiguo (el que quedaba a una cuadra de la plaza principal), y en el que no se sepultaban cadáveres desde 1850, y trasladarlos al cementerio general del Partido (el de las Lomas de la Ensenada). Presupuestó la operación en 15.000 pesos y le fue concedido el permiso el 12 de Junio. Por tal razón no debería hoy quedar resto alguno de difunto en el cementerio "del centro".
La explosión del "San Blas"
Septiembre de 1944. El buque tanque "San Blas", de la flota de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, explota en el Puerto. Mucho se ha escrito y mucho se ha dicho sobre este trágico suceso en los últimos más de 50 años.
El "San Blas" fue construido en 1915 para la Western Operating Corporation, para el abastecimiento de carbón de la Marina de Guerra de los Estados Unidos. Tenía 163 metros de eslora, 19 metros de manga y 12 metros de puntal. Su desplazamiento era de 21.989 toneladas.
En 1930 se lo convirtió en buque tanque y luego, en 1936, en buque factoría para la pesca de ballenas. YPF lo compró en 1942 en casi dos millones de dólares, recibiéndolo el 8 de abril de ese año en el puerto de Montevideo.
Zarpó de Comodoro Rivadavia el sábado 23 de septiembre de 1944 con un cargamento de algo más de 9.400 toneladas de petróleo crudo con destino al Puerto La Plata. Lo comandaba desde hacía dos años el capitán de ultramar Rodolfo O. López Bentos. El segundo capitán era el primer oficial Hugo Veronelli, el tercer oficial de cubierta era Eugenio Croppi, y como oficial de máquinas era de apellido Prat. La tripulación se componía en total de 64 hombres.
Por la bajante del río no podía ingresar a Puerto, debiendo fondear en la rada hasta que el "Florentino Ameghino" realizó el alije de unas 500 toneladas. Recién entonces siguió camino para fondear en el Gran Dock. Dos terceras partes de los tripulantes bajaron a tierra en uso de licencia. Era poco más de medianoche. El buque, amarrado en la toma 2, comenzó la operación de descarga.
Los que no estuvimos presentes en ese momento crucial de la vida ensenadense y berissense, hemos podido sacar algunas conclusiones a través de la lectura y de los relatos.
En primer lugar, la semana durante la cual ardieron el "San Blas" y la zona circundante fue inolvidable para los que participaron de la extinción del fuego o simplemente la presenciaron. Hubo muchísimas acciones heroicas por parte de los Bombaros Voluntarios y del personal de la Destilería.
La causa fue un accidente producido por una chispa en una de las grúas ribereñas y no se puede asegurar que podía haberse evitado.
Hoy, con los medios actuales, las consecuencias hubieran sido mucho menores. La cifra final de muertos fue de 12.
Historia y leyenda de un pueblo que luego viviría otros hechos similares por haberse convertido en "la familia petrolera".
La "casa de Rosas" - Apenas unas "puntaditas" al tema.
El 14 de septiembre de 1997 se derrumbó gran parte del frente de la vieja casona situada en Aristóbulo del Valle y Ecuador, Ensenada. Esa que hemos dado en llamar "la casa de Rosas" y que alguna vez el ex intendente Cirilo Caraballo quiso rehabilitar como sitio merecedor de ser honrado y visitado, aunque ni él ni ningún sucesor se ocupó de restaurar arquitectónicamente. Y se vino abajo.
Pero, ¿qué es o era realmente esa casa? ¿Tuvo verdaderamente relación con Juan Manuel de Rosas? ¿De quién era y de quién es actualmente?
Construida probablemente en 1827, dicen los que saben que nunca fue de Rosas sino de un federal llamado Carlos Puppo, comerciante, que la edificó luego de que un incendio destruyera su anterior vivienda de paja y adobe. Pero la historia siguió. A la muerte de Puppo, la casona pasó a poder de sus descendientes, quienes la vendieron a un señor de nombre Narciso Márquez. Más tarde fue adquirida por don Vicente Calzetta (hijo) quien la vendió luego a Antonio Pompei. Hasta allí, los datos que tenemos.
Entonces la casa nunca fue de Juan Manuel Ortiz de Rosas, lo que para Pepe Garay es irrelevante, ya que lo que nos debe interesar es que el caudillo la utilizaba de posta en sus viajes hasta el Salado. En esto coincide con Carlos Asnaghi, quien realizó un profundo estudio dominial.
Y si tuvo o no tuvo una amante allí, es asunto de Rosas y de la supuesta "ella". Pero el valor histórico de la propiedad es evidente, y la desidia que llevó a su derrumbe una costumbre ensenadense que nos hace perder cada día un símbolo del pasado para que nuestra identidad también se vaya haciendo polvo.
Jorge Asuaje es un periodista que recuerda cosas que no ha vivido. Como nosotros. Porque se puede usar la memoria de los que sí estuvieron. Y eso no está mal. Es la "tradición" de la que tantos hablan. Y entonces, entre Jorge y nosotros, podemos armar la historia de ese día.
En el cine Social de Ensenada anunciaban "Cuando tú me quieras", con Jorge Negrete. En el cine Astro, también de Ensenada, "La cabalgata del circo". En el cine Progreso de Berisso, gran día nacional dedicado a Hugo del Carril con "La canción de los barrios" y "La vida de Carlos Gardel". En el cine Victoria, también de Berisso, "Hotel Berlín", con Faye Emerson y Raymond Massey. 55 centavos costaba la entrada. Pero no iba a ser un buen día, para los Leveratto por ejemplo. No había "quórum" para ir al cine.
La movilización se estaba preparando en todas partes. San Martín, Vicente López, Villa Martelli, Avellaneda. Los obreros estaban en movimiento en todas partes. Pero la suerte de la marcha dependía de Berisso, que una vez fuera un barrio de Ensenada y ahora lo era de La Plata. Si los "compañeros" de allí se movilizaban, entonces sí. "Los negros de Berisso y de Ensenada", a los que muchos oligarcas, policías y militares temían.
Cipriano Reyes estaba en La Plata, tratando de evitar ser detenido. Pero había otros activistas listos para encabezar la marcha sobre Buenos Aires. Y sacaron la gente de los frigoríficos. Y se fueron hasta Villa Zula para sacar la gente de sus casas. La esposa de Cipriano, Clementina Salguero. María Roldán, la madre de Dora. No fue fácil, pero se hizo.
Al grito de "¡Perón! ¡Perón!" rumbo a la Plaza de Mayo. La modesta columna que había salido de Villa Zula era una multitud llegando por la calle Montevideo hasta la Perseverancia. Y seguía viniendo gente. Desde Los Talas, desde Palo Blanco, desde Villa San Carlos, desde Villa Dolores. La gente, sólo la gente y nada menos que la gente. Conocidos y anónimos. De Berisso, de Ensenada, de La Plata, de todos lados. ¿Ves que cuando se quiere de veras se puede cambiar la historia?
17 de octubre de 1945. Una jornada muy particular. ¿Se repetirá alguna vez? ¿Será necesario?
La gente decide. Quizá ya no hace falta, quizá hay otros medios, quizá esta gente no es aquella gente. Pero no te olvides, pibe, que esta región en la que nos ha tocado vivir siempre escribió páginas de historia. No te olvides, pibe, que esta región siempre puede escribir alguna nueva página si las circunstancias lo requieren y si vos creés que sí.
Somos gente sufrida, pacífica, pero sabia. Sabia de esa sabiduría popular que está ahí, en el fondo del corazón de cada uno. Y, de alguna manera, siempre podemos cambiar la historia cuando amerite ser cambiada.
Apuntes sobre la historia de vaquerías y saladeros en nuestra región pampeana.
Desde sus comienzos en el siglo XVI, la ganadería ha sido un sello distintivo de Argentina. Los vacunos traídos por los conquistadores se reprodujeron, diseminándose libremente por la Pampa. Este ganado, llamado "cimarrón" (sin dueño), fue objeto en los siglos XVI y XVII de una verdadera caza, mediante las llamadas "vaquerías", autorizadas por el Cabildo. Grupos organizados mataban a los animales sólo para aprovechar el sebo y el cuero, y el resto era abandonado. Poco a poco se va legalizando la posesión de la tierra al mismo tiempo que algunos rebaños son legitimados por sus dueños. La repartición de solares, quintas, chacras y estancias era de rigor, en beneficio de los conquistadores, cuando se fundaba una ciudad, cuyo núcleo constituía el punto de partida de la delimitación. Tanto los primeros faeneros, a cargo de las vaquerías, como los poseedores de tierras que formaron desde el principio una suerte de estancias, gestaron una concepción de la vida que incluirá considerablemente en el plano social.
Las concesiones de tierras, ya desde el siglo XVI, permitieron la existencia de pequeñas estancias. A mediados del siglo XVIII, la caza del cimarrón es ya definitivamente reemplazada por la estancia, con su ganado señalado y su derecho legítimo de dominio del suelo. Al cuero, que domina en la comercialización hasta la mitad de la centuria, se sumó a fines de siglo - primeros embarques en 1785 - el tasajo, con la instalación de los saladeros, en vista de la demanda de Brasil y de Cuba, con destino sobre todo a los esclavos.
La era del saladero ocupa buena parte del siglo XIX, con la construcción de establecimientos especializados, e incluso - aunque ya en pugna con los envíos de carne enfriada o congelada - continúa hasta principios del siglo XX. Se arribó así al dominio incontrastable de la ganadería y de la estancia de enormes dimensiones.
En 1840, 160 estancias bonaerenses ocupaban más de 2.000 leguas (5.250.000 hectáreas) y 293 personas poseían 3.486 leguas (8.600.000 hectáreas).
La omnipotencia del estanciero se magnifica en un desequilibrio profundo con respecto al trabajador rural, de vida insegura, impedido de poseer tierra, obligado al trabajo rural mal remunerado o, caso contrario, protagonista de una errante marcha hacia el infinito horizonte pampeano. Las disposiciones legales amparaban al gran propietario y aumentaban la desdicha del gaucho, como lo testimonia elocuentemente una de las obras cumbres de la literatura argentina, el Martín Fierro.
(Fuente: Zamorano Diez, Mariano - Argentina. II. Recursos y regiones. - (2 volúmenes) - Madrid - Biblioteca Iberoamericana. Ediciones Anaya S.A. - 1988)
Indios, nativos, aborígenes...
Seguimos investigando si hubo o no indios en nuestra región. Pero vamos a aclarar que "indios" son los de la India (o mejor, "hindúes"), y "aborígenes" o "nativos" sería su nombre correcto aquí. No "indígenas" porque proviene de "indigentes" y no siempre lo eran (caso de los poderosos Incas, por ejemplo).
El Valle de Santa Ana, dentro del cual está nuestro pequeño Valle de Santiago Apóstol, comprendía los terrenos regados por el Tubichaminí y su continuación, el Espinillo. Búsquelos en el mapa a la altura de Magdalena.
El río mencionado tomó su nombre de un cacique de la nación Mbeguá y significa algo así como "crecida y bajante", por el comportamiento del río.
Juan de Garay repartió las tierras a partir de 1580 y buscó evitar ataques de los nativos, por lo que los distribuyó en "reducciones". La de Tubichaminí la puso bajo el cuidado de su hijo Juan y la estableció en pleno Valle de Santa Ana.
Ya Gaboto en 1544 tenía un mapa que señalaba que en esta zona había guaraníes, cainaroes y mbeguaes. Desnudos y viviendo de la caza y de la pesca. La nación de los mbeguáes dio su nombre a esos pájaros oscuros, costeros y piscívoros que conocemos como "biguás" o "biguáes".
Si bien los ciento y pico de nativos de la reducción ya mencionada estaban en realidad en la zona de Magdalena, hasta el Valle de Santiago (inmediaciones del arroyo El Pescado) llegaban sus incursiones. Pero aquí no vivían en forma permanente, según parece.
- (De una nota publicada en la Revista Villa Tranquila nro 46 del 18/10/2000): "De si hubieron o no indios por estos andurriales": Para averiguar esta cuestión hemos hecho algún camino, preguntando a los hombres sabios de la región, a los efectos de tener algo coherente para responder cuando se nos consulte por allí. De sus sesudas explicaciones, hemos podido establecer algunos puntos que sometemos a la crítica de nuestros estimados lectores. 1.- Los nativos fueron vistos en diversas oportunidades por las costas de Lara durante incursiones de los primeros visitantes (por ejemplo, Juan de Garay en 1580). sin embargo, no hay noticia de que hayan residido por aquí en forma permanente y pudieron provenir de los pagos de la Magdalena (¿tubichaminíes?) o de tierras más al norte (¿querandíes? ¿guaraníes?) o más al oeste (¿ranqueles? ¿pampas?). 2.- No hay ninguna documentación archivada que pruebe más que lo antedicho, salvo las actas de repartimiento de indios y tierras del citado Garay, registros de comisarías y parroquias de Ensenada donde los historiadores y curiosos encontraron bautismos, detenciones, etc. de aborígenes durante los siglos XVIII y XIX. 3.- Sí se dice que han hallado puntas de flechas, al menos una que se puede ver en Cultura de la Provincia (de Buenos Aires), aunque nadie sabe bien dónde fue encontrada, cuándo, cómo o por quién. 4.- Entonces, cuando la ciencia no puede parecen abrirse otros caminos. Y como hiciera Jorgito Asuaje antes que nosotros, debe recurrirse a los amigos que rasguñan las piedras, buscadores curiosos de pistas y rastros, detectives aficionados que, además, pueden resultar descendientes de esos indios que procuramos. Y aquí es donde le sugerimos: ¿Y si le preguntamos a Adolfo González?.